Precisamos de la proteína animal. Si no la comemos, enfermamos. Las dietas vegetarianas -respetables, por supuesto- precisan de suplementos y complementos vitamínicos y minerales para garantizar el sustento necesario. Como especie omnívora, dependemos de un conjunto equilibrado de nutrientes, entre los que la proteína animal posee un papel destacado. Sin embargo, a pesar de esa dependencia fisiológica, atacamos con frecuencia, contradictoriamente, al pescado y la carne. Hemos sido testigos de campañas contra su consumo, contra sus productores y distribuidores, bajo todo tipo de acusaciones. Que si su consumo es malo para la salud, que si la ganadería es lesiva para el medio ambiente y actor destacado del calentamiento global, que si moralmente es rechazable, porque supone el sacrificio de un ser sintiente, todo ello argumentado con medias verdades tendenciosas. De alguna manera, como sociedad urbana dominante, hemos tratado a agricultores y ganaderos como enemigos del medio ambiente y maltratadores animales, al punto de despreciarlos y abrumarlos con normas, papeleos, cautelas y persecuciones varias, porque, en última instancia, no nos fiábamos de ellos. Pues bien, contra este sentimiento generalizado, jaleado con frecuencia por ideologías e intereses ocultos, debemos proclamar algo tan obvio como trascendente. Dependemos de ellos, de los agricultores, ganaderos y pescadores. Sin los alimentos que producen, sencillamente, dejaríamos de ser. Recientemente participé en unas jornadas técnicas organizadas en Sevilla por Elanco bajo el lema El desafío de producir proteína animal de calidad , en las que abordamos la situación del sector ganadero europeo y el papel crecientemente estratégico que debe ocupar en la política comunitaria , que empieza a despertar del embeleso padecido de una Europa sin agricultura ni ganaderos. Tuve la fortuna de compartir mesa con Juan Pascual, coautor de nuestra obra compartida La guerra por la proteína animal (Almuzara), que tanto debate está generando. Nuestra tesis principal es que el sector ganadero resulta estratégico para Europa, que debe volver sus ojos hacia quienes garantizan los alimentos y la proteína que precisamos. «La ganadería intensiva es la que permite democratizar el consumo de carne» Venimos de años de dura persecución de todo tipo de ganadería, aunque la auténtica bestia negra han sido las granjas, ahora rebautizadas todas ellas como macrogranjas para generar rechazo y animadversión hacia ellas. Nadie las quiere, todos las persiguen. Pues bien, va siendo hora de reivindicar el importantísimo papel que cumplen en nuestra alimentación. La ganadería intensiva es la que permite democratizar el consumo de carne. Sin ellas, resultaría del todo prohibitivo para grandes capas de la sociedad europea. Recordemos como, todavía a principios de los sesenta, un pollo era un manjar solo apto para bolsillos pudientes. Sin la optimización productiva que suponen las granjas, la carne sería privilegio de unos pocos ricos , tal y como ocurriera durante prolongados de nuestra historia a los que no debemos regresar. La carne es salud. En aquellos países de bajo consumo, como la India, los casos de anemia se multiplican, en especial en las mujeres. Según la OMS, más de 2.000 millones de personas en el mundo tienen una dieta insuficiente, por bajísimo consumo de proteína animal , lo que causa problemas para su desarrollo y salud. Por ejemplo, en Egipto, dado que el nivel de renta impide a muchos consumir la carne que precisan, lo suplen con abundancia de hidratos de carbono, más económicos y asequibles. Se acuestan sin hambre, pero con una mala calidad alimenticia, que les origina unos índices de diabetes muy superiores a los de países ricos con fácil acceso a la proteína animal. Está demostrado que en aquellos países con escasez de carne en sus dietas, el desarrollo sufre, con medias de estatura inferiores. Podríamos poner más ejemplos, pero con una muestra vale. Comer carne no es un capricho ni un lujo, es una necesidad de especie. «En Europa todavía estamos empeñados en disminuir nuestra cabaña ganadera, un sinsentido que tendrá graves consecuencias» Pero, por un lado, van los discursos ideológicos y pseudomorales y, por otro, la realidad El consumo de proteína animal crece cada año, a medida que mejora el poder adquisitivo medio y se erradica la pobreza. Desde la antigüedad, el nivel de renta tenía una directa traslación al consumo de carne, como bien se aprecia en la arqueología. Los poderosos incorporaban la carne en su dieta, los demás en mucho menor medida, lo que influía sin duda alguna en su salud y longevidad. Pues bien, a pesar de todas estas evidencias, en Europa todavía estamos empeñados en disminuir nuestra cabaña ganadera, un sinsentido que tendrá graves consecuencias. Por lo pronto, la del progresivo aumento del precio de la cesta de la compra, lo que castiga a gran parte de nuestra población y lo que te rondaré morena, de empeñarnos con las suicidas políticas alimentarias actuales, consagradas en una PAC obsoleta y necesitada de un giro hacia la garantía y soberanía alimentaria. Porque ya conocemos bien el sueño húmedo de eurócratas y comisarios varios durante estos últimos años. Que el campo europeo fuera para pasear y que los alimentos los produjeran otros, por ahí, a los que no preguntaríamos demasiado cómo lo hacen. O sea, dar la llave de nuestra despensa a terceros países. Malo, malo. Nadie medianamente sensato dejaría la alimentación de sus gentes al albur de terceros , menos aún en estos tiempos de turbulencias bélicas, desglobalización y aranceles varios. «No tiene sentido alguno tener los hangares llenos de misiles y la despensa vacía» Tenemos que recuperar el sentido común y garantizar la despensa de nuestros ciudadanos con alimentos sanos, variados, sostenibles y a un precio razonable. Eso se llama garantizar la comida que precisamos perentoriamente, para la que agricultores y ganaderos resultan socios imprescindibles, parte de la solución y no del problema, como en tantas ocasiones han querido pintarnos . Soberanía alimentaria, le dicen con acierto. Pues eso. No tiene sentido alguno tener los hangares llenos de misiles y la despensa vacía. Es la fórmula segura de perder toda guerra y conflicto. Recapitulemos ahora que todavía estamos a tiempo. Precisamos de un sector agrario y ganadero europeo sano, sostenible y solvente, que no hemos cuidado en absoluto hasta ahora. Las fuentes de nuestra alimentación deben asegurarse y, para ello, la agricultura y la ganadería deben ser consideradas como sectores estratégicos. El consumo de proteína animal en el mundo crece más que su producción. No nos quedemos sin ella por prejuicios ideológicos desfasados y alejados de la realidad. El sector agrario y ganadero es profesional y vanguardista, muy alejado de la imagen de atraso que interesadamente algunos propagan. Dejémosles trabajar; no nos faltará la comida que precisamos a pesar de los muchos sobresaltos por venir.