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Trigo más resistente para la Campiña Sur

13/01/2020
En: hoy.es
Digital
Un arroyo de Granja de Torrehermosa vierte al Guadalquivir. El otro al Guadiana. Zona de frontera. El vértice de Córdoba, Sevilla y Badajoz. La Campiña Sur verdea tras la lluvias. Terminó la sementera. Se inicia el ciclo. Toca mirar al cielo hasta junio porque pisamos zona de secano. Aquí se invierte a ciegas y no sobra el dinero. Los inversores prefieren la seguridad del regadío. Donde la lluvia es una incógnita cuesta cuadrar las cuentas. Trigo, cebada, avena y triticale se entierran entre octubre y noviembre. Ahora le aportan herbicidas y nitrogenados para evitar las plagas. Luego a esperar que espigue en primavera para cosechar en junio. El problema es el precio. La cebada sigue estancada desde hace veinte años pero el coste de los insumos no se detiene. Con este panorama. El granero extremeño busca nuevas variedades para asomarse a la rentabilidad. Ya se cansaron de trabajar para los corredores. Imponían precios mirando más a la industria que al campo. Fue el germen de la Cooperativa Campiña Sur. Allí descargan sus cosechas casi trescientos socios que siembran en fincas de Granja de Torrehermosa, Peraleda del Zaucejo y Azuaga. Francisco Javier Cintas ejerce de gerente. En el cargo desde que se fundó. Sospecha que si no fuera por el músculo de la sociedad que formaron en su día, las multinacionales camparían a sus anchas por la zona y nadie podría vivir del secano. Ahora, cuenta, el reto es conseguir los granos más apropiados para la tierra de la comarca. En campos de ensayo prueban semillas nuevas continuamente para ver su comportamiento en los ciclos del campo. Lo que funciona lo traspasan a la explotaciones, los que falla se suspende. A base de probar han llegado a sementera que necesita poca agua en invierno. Soportar el estrés hídrico es el reto del futuro. En la memoria todavía la campaña del 2018. Batieron todos los récords. Producciones nunca vistas porque tuvieron la complicidad del tiempo. La primavera fue muy lluviosa. Espigas con veinticinco granos de trigo, filas tupidas antes de pasar la cuchilla de la máquina. Estampa inédita en algunas parcelas. La media habitual de 2.700 kilos por hectárea se disparó hasta los 4.500. Pero la cosecha del 2019 volvió a meter el miedo en el cuerpo. Trimestre primaveral sediento y en el suelo más del sesenta por ciento de lo esperado. Fue un desastre. Con un resultado tan escaso, las miras del 2020 se hacen con más seguros integrales. La dinámica se repite siempre: tras un año malo se disparan las contrataciones, en los abundantes casi nadie se acuerda de solicitarlos. De momento, moderado optimismo. La sementera fue tardía tras seis meses sin llover, pero el grano despertó rápido por las lluvias del último tercio del año. «Ciclos hemos tenido siempre. A años muy lluviosos le han seguido otros muy secos, el miedo es que cada vez haya menos lluviosos y más secos», explica el gerente de la cooperativa. Para compensar hay que recurrir a la investigación. Las casas de semillas se afanan por incorporar propuestas más productivas y resistentes que funcionen en cada tipo de suelo. La experiencia ha demostrado que es muy difícil encontrar un tipo de trigo que resulte rentable en toda España. Cada zona tiene que dar con la que mejor le vaya. «Igual que la ganadería avanza con la aplicación genética, también lo tiene que hacer la agricultura de secano». El reto genético se centra en el rendimiento. Hace dos décadas apenas arrancaban dos mil kilos por hectárea. Ahora lo doblan. Han aprendido también a manejar los herbicidas por la resistencia de las malas hierbas y la expansión de las plagas. El gerente Francisco Javier Cintas. / Brígido Sin quemar rastrojos El miedo viene por el gusano del alambre, que acecha en las plantaciones. Ha aparecido en las últimas semanas y se reproduce a más de cien mil individuos por hectárea. El insecto se ha aprovechado de los cuatro años sin autorización para quemar rastrojos en verano y las larvas permanecen en los campos. Si llueve no hay problema, el cereal arranca bien, pero en terreno tan seco, el gusano coloniza la plantación. Los últimos temporales pueden frenarlo. «Cada agricultor analiza como responde su tierra a las variedades que va probando. Puede arrancar bien ahora y superar el gusano pero venirse abajo en dos meses. El rendimiento final depende de que llueva en primavera». Abril y mayo resultan cruciales. Una helada a destiempo o más de cinco semanas sin una gota de lluvia puede parar en seco la espiga. Otra salida pasa por aumentar la extensión de terreno. Con los números en el borde de lo soportable, solo a base de aglutinar volumen se revierte la situación. Hoy ningún cerealista de la comarca trabaja menos de 150 hectáreas de terreno. No hay tierra para todos. Los jóvenes tienen muchos problemas para tomar el relevo de los padres. Hay que buscar alternativas criando cerdos o poniendo olivos en intensivo si la finca tiene pozos en el subsuelo que los alimente. Al menos, explican en la cooperativa, tienen el paraguas de la PAC. Negociaron y se movilizaron para conseguir un índice más alto en los derechos históricos del cereal. Hoy reciben el porcentaje más alto de Extremadura para los derechos históricos del cereal porque se ha tenido en cuenta su dimensión social del cereal en la zona. No hay muchas alternativas a este tipo de agricultura y eso también lo deben tener en cuenta en Europa. El destino de la producción ha cambiado poco. La mayoría del trigo blando y avena sale para las harineras andaluzas que elaboran pan, galletas y cereales. Otra destino es el uso como pienso para ganaderos de la comarca. Hay muchos cerdos que engordar cada temporada. De los guisantes a los girasoles para rotar a. g. La planet ya casi no se vende a las cerveceras. La pagan a precio de saldo. El trigo se cotiza esta campaña a doscientos euros la tonelada, la cebada a algo más de ciento noventa y el triticale siempre cinco céntimos más caro que la cebada. «La ropa vale cada vez más, la electrónica vale cada vez más, pero la comida siempre es muy barata, eso solo es posible porque los agricultores siguen vendiendo barato». Las impresiones en las instalaciones de la cooperativa se ratifican en las fincas. José Miguel Suárez lleva casi treinta años sembrando cereales de invierno en la Campiña Sur. Trigo, cebada, avena, centeno y triticale en rotación. Critica que se pague en función de los cambios de cotizaciones que se están dando a nivel internacional. No tiene sentido -explica- que España en estos momentos esté importando cereales para piensos. «Si uno mira las cotizaciones parece que son tan baratos porque hay mucha producción de aquí, pero luego vas a las estadísticas y te das cuenta que estamos comprando cereales fuera». Su vecino de finca es José María Martín. Habla de mal endémico para dibujar un sector que conoce desde que heredó las tierras de su padre. «Si después de tantos años no lo hemos conseguido, yo creo que ya solo queda resignarse. Ahora trabajamos mejor la tierra, somos capaces de llevar tres o cuatro variedades distintas, pero las cuantas no salen. Somos más profesionales y sacamos menos. Esa es la verdad». Repasando cuentas y balances, el verano pasado descubrió que le habían pagado lo mismo que a su padre en 1982. No le extraña que algunos agricultores hayan optado por dejar en barbecho más superficie de tierra que antes. La inversión que se necesita cada temporada para que la siembra llegue a buen término resulta muy elevada y los resultados son siempre una incógnita. En 2018 batieron todos los récords, pero 2019 fue un desastre por la primavera tan seca El alambre se ha aprovechado de los cuatro años sin autorización para quemar rastrojos «El combustible es caro y la maquinaria también y, a cambio, sembrar es una lotería, porque depende de la lluvia y de muchas circunstancias». Hace tres años decidió combinar la agricultura con la ganadería ovina. Sinergía de cereales y ganado para sacar rendimiento a su trabajo. «Me cuesta menos engordar a las ovejas porque el pasto y el cereal que se comen durante todo el año sale de la cosecha de invierno, pero tampoco es una solución, tenemos el problema de siempre; hay poco terreno para las ovejas». Al día de hoy, conoce a muy pocos agricultores que vivan y se sostengan solo del cereal. Los pocos que aguantan responden a un perfil muy particular. Propietarios de grandes fincas que cada año negocian por su cuenta un precio con alguna multinacional de piensos para suministrarle. En su caso, tiene que cultivar el doble de las hectáreas que roturaba su padre para entrar en beneficios al final del año. Defiende el trabajo que hacen todos los cerealistas de la comarca. Tiene mucho mérito, cuenta, jugar con todo en contra y no caerse. Recuerda que se trata de un sector clave para la agricultura y para la alimentación en general. Por eso no faltó a las movilizaciones para defender un índice más elevado en los derechos históricos de la comarca. «El trigo y la cebada ha dado de comer a muchas familias antes de que llegara el regadío a otras zonas». Los agricultores coinciden en que si en la futura PAC que todavía se negocia no se refuerza las ayudas a este sector, habrá aún más abandono de este tipo de cultivos. Las incógnitas siguen sin despejarse en la Campiña Sur. Toca esperar a primavera para saber si habrá beneficios.
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