Ovejas y cabras en la Sierra En el Valle del Guadiato la ganadería extensiva agoniza. No por falta de sentido ecológico o cultural, sino porque ha dejado de ser rentable frente al modelo intensivo de macrogranjas. Mantener un rebaño de 1.000 cabras en régimen extensivo supone hoy un gasto anual cercano a los 410.000 euros, más de 410 por animal. Los costes son inevitables: Salarios de pastores, alquiler de pastos, suplementos de pienso en épocas críticas y las instalaciones mínimas para resguardar el ganado. Frente a ello, una macrogranja intensiva de la misma dimensión apenas supera los 275.000 euros anuales, gracias a la mecanización, al control absoluto de la alimentación y a la reducción de mano de obra. El resultado económico es demoledor. En el extensivo, una cabra produce unos 500 litros de leche al año, lo que da en conjunto 450.000 euros de ingresos brutos. El margen apenas alcanza los 40.000 euros. A la mínima bajada del precio de la leche -si cae de 0,90 a 0,80 euros por litro- la explotación entra en pérdidas. Por el contrario, en el intensivo la producción asciende a 900 litros por cabra, lo que supone 810.000 euros de ingresos y más de 535.000 euros de beneficio neto. Incluso en precios bajos, la macrogranja gana lo que el extensivo no alcanza ni en sus mejores escenarios. Y si hablamos de carne, la situación es aún más dramática: Con suerte, un rebaño de mil cabras aporta 110.000 euros brutos al año, muy por debajo de los costes del sistema extensivo. A esta ecuación se suma un problema cada vez más acuciante: La falta de relevo generacional. Los jóvenes del Guadiato no ven futuro en la ganadería extensiva porque el esfuerzo no se corresponde con los ingresos. Criar cabras en la Sierra exige jornadas interminables, sacrificio personal y una vinculación total con el territorio, todo para obtener beneficios mínimos o incluso pérdidas en años de precios bajos. Frente a ello, el modelo intensivo ofrece seguridad económica y estabilidad en los márgenes, mientras la administración apenas articula políticas que dignifiquen la profesión pastoril ni compensen el valor ambiental de mantener rebaños en el monte. Sin relevo generacional, cada rebaño que desaparece es un cortafuegos natural menos y un pedazo de Sierra más abandonada al fuego. Esta asfixia económica explica por qué los rebaños desaparecen de las sierras del Guadiato, dejando el monte abandonado y sin el pastoreo natural que limpiaba de matorral y maleza. Se pierde, con ello, la mejor herramienta de prevención de incendios forestales que ha tenido Andalucía durante siglos: El diente del ganado. Pero la Junta de Andalucía no parece entenderlo. Su política en materia forestal se centra en la extinción más que en la prevención, en comprar vehículos que difícilmente acceden al monte, en mantener torres de vigilancia cerradas y brigadas incompletas, y en obligar a los bomberos forestales del Infoca a trabajar con turnos extenuantes, equipos de protección insuficientes y condiciones precarias. El discurso oficial presume de gasto en extinción, porque es lo que se ve en las fotos, lo que da rédito electoral inmediato. Pero la realidad es que cada euro no invertido en prevención acaba multiplicándose en hectáreas arrasadas por el fuego, en riesgo para los pueblos y en pérdida de biodiversidad. Y, mientras tanto, se mantiene una política fiscal de bajadas de impuestos que reduce la capacidad de inversión en lo público, hipotecando aún más el futuro del monte andaluz. Por otro lado, partidos como VOX y el Partido popular, instrumentalizan la ganadería extensiva en redes sociales, presentándose como sus defensores. Sin embargo, olvidan señalar que son precisamente sus recetas económicas ultraliberales las que hunden a los pequeños ganaderos y dejan desarmada la gestión forestal. Se apropian del relato de la 'España vaciada', pero no ofrecen soluciones reales: Ni mecanismos de apoyo a la producción extensiva ni planes serios de prevención de incendios ni una política agraria que compense el valor ecológico de quienes aún mantienen cabras y ovejas en las sierras. El dilema es evidente: O apostamos por un monte vivo, cuidado, con rebaños que actúen como cortafuegos naturales, o seguiremos alimentando un modelo intensivo que concentra riqueza y deja las sierras del Guadiato convertidas en un polvorín a merced de cada ola de calor. El fuego no espera, y el tiempo para cambiar de rumbo se acaba.