Mercosur y León

26/02/2026
En: diariodeleon.es
Digital
Provincias como León no discuten aranceles ni cláusulas técnicas: discuten su lugar en el futuro. El acuerdo no es una traición ni una salvación. Es una elección Europa se contempla en el espejo con una devoción casi narcisista. Le sienta de maravilla su vestidito verde, ético, sostenible y de diseño responsable. Un continente que protege al consumidor y presume de estándares que nadie más en el mundo se atreve a exigir. El problema con los espejos es que dependen de dónde los cuelgues. Si el espejo se coloca en una oficina de Bruselas, la imagen es impecable. Si se pone en una granja de Riaño o en un campo de alubias de La Bañeza, la foto ya no admite filtros. El acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur ha reabierto un debate que en León no tiene nada de académico. En una provincia con población rural envejecida, con ganadería extensiva y márgenes cada vez más ridículos, nadie pierde el tiempo en discusiones geopolíticas. Aquí se habla de supervivencia. De llegar a final de mes. De no cerrar la explotación. Aquí los únicos bloques que importan son los de heno. Nuestros ganaderos cumplen normas sanitarias, medioambientales y de bienestar animal que multiplican los costes y reducen su competitividad. Lo hacen porque creen en ellas -o eso nos gusta pensar- y, sobre todo, porque no les queda otra. Europa legisla con severidad... y luego se sorprende de que producir aquí sea cada vez más caro. Aquí aparece la primera llaga. Europa cree en estándares elevados, pero quiere productos baratos, aunque estén producidos bajo reglas muy distintas. No es solo una cuestión comercial: es una contradicción moral. El consumidor europeo gana precios bajos; el productor se come el coste de la virtud colectiva. Virgen extra, sí, pero rebajada. España, además, juega este partido en una posición incómoda. Apoyamos estos tratados como país industrial y de servicios, pero seguimos siendo -social y territorialmente- un país agrario. El impacto del acuerdo beneficia a grandes empresas, a sectores con músculo exportador, a quienes juegan en ligas globales y se mueven bien entre ministerios y aeropuertos. El daño se concentra en el campo, en territorios ya frágiles, lejos de los centros de decisión y sin capacidad real de presión. No es daño colateral: es daño estructural. E invisible en los despachos donde nunca se pisa el barro. Sería tentador cerrar aquí el razonamiento y concluir que el tratado es un error. Pero el mundo no funciona así. Rechazar acuerdos como este no congela la globalización; simplemente cambia a los socios. América del Sur no va a dejar de comerciar porque Europa se retire con dignidad moral. Otros actores, menos escrupulosos y bastante más rápidos, ya están calentando en la banda. No son verdes, sino amarillos, y pagan al contado. Que estemos atrapados en esta lógica casi diabólica no debería llevarnos a la resignación. Porque el verdadero problema no es Mercosur, sino la dirección que Europa lleva años tomando. El acuerdo no crea la crisis del campo europeo: solo la acelera. Desde hace tiempo la Unión Europea ha decidido -sin votarlo y sin decirlo- que no todos los agricultores van a sobrevivir. Que el modelo debe ser la concentración, la escala, la industrialización. Y que el pequeño productor, el extensivo, el periférico, encaja mal en la hoja de cálculo. El Excel manda. La pregunta, en realidad, no trata de Mercosur. Trata de qué modelo territorial estamos dispuestos a sacrificar para sostener estos tratados. De si el campo es solo un sector económico más, obsesionado con eficiencia y volumen, o si queremos que siga siendo paisaje, identidad, equilibrio demográfico y cohesión social. Provincias como León no discuten aranceles ni cláusulas técnicas: discuten su lugar en el futuro. El acuerdo con Mercosur no es una traición ni una salvación. Es una elección. Y como todas las elecciones, revela prioridades. Europa puede seguir mirándose al espejo y felicitándose por sus valores. Pero convendría preguntarse quién paga -y durante cuánto tiempo- el precio real de esa imagen impecable. Pista final: no vive en Bruselas.
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