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Los invernaderos entierran sus estigmas en abono tecnológico

18/10/2021
En: abc.es
Digital
Son un hervidero de innovación. Los invernaderos solares del sur de España, concentrados principalmente en una superficie de unas 35.000 hectáreas en las provincias de Almería y Granada, se liberan de sus estigmas del pasado y ahora se alzan en ejemplos de sostenibilidad y desarrollo tecnológico, como les reconoció Naciones Unidas en 2017. Un sector que da de comer a 500 millones de europeos cuando en los meses de invierno los países vecinos no pueden producir verduras, hortalizas y frutas por sus condiciones climáticas. En estas explotaciones se cultivan más de la mitad de los productos hortofrutícolas que se consumen en el Viejo Continente (y abastece el 47% del mercado nacional), gracias a que han revolucionado sus sistemas productivos generando a su alrededor un gran ecosistema de empresas que da empleo a 110.000 trabajadores. Están en los propios invernaderos (la mayor parte explotaciones familiares), en empresas manipuladoras, distribuidoras, de transporte hasta en semilleros, fábricas de plásticos, plantas de reciclaje, de embalaje, de maquinaria agrícola, de control biológico... Hay centros tecnológicos que investigan y desarrollan nuevas técnicas para lograr cultivos cada vez más competitivos, saludables y respetuosos con el medio ambient e. «Es una industria que genera mucho negocio donde también se han instalado multinacionales. Es una agricultura dinámica, muy cambiante y con una aportación tecnológica nueva cada año», asegura Ángel Carreño, profesor de Proyectos de Ingeniería de la Universidad de Almería. Métodos tradicionales (como la ventilación manual o el enarenado: capas de arena de playa que evitan la salinización del suelo y la pérdida de agua por evaporación) conviven con apps que muestran en tiempo real los datos de sensores instalados en el interior del invernadero para medir la humedad del suelo, la temperatura y la concentración de CO2, con sistemas de riego por goteo altamente tecnificados y digitalizados, con nuevos avances en el control biológico de plagas... A diferencia de lo que se suele creer, los denominados invernaderos solares no tienen, por ahora, placas fotovoltaicas que les proporcionen energía. El 96% de la energía utilizada proviene únicamente del sol (en Almería hay más de 3.000 horas de sol al año). Lo que les diferencia de otros invernaderos que se instalan, por ejemplo, en Francia, Holanda, Alemania y Reino Unido, donde es necesario luz artificial y calefacción para mantener los cultivos en invierno y supone hasta un 30% más de consumo energético. «Las cubiertas de plástico de los invernaderos dejan pasar la luz necesaria para que las plantas realicen la fotosíntesis, absorbiendo CO2 del aire, transformándolo en nutrientes y liberando oxígeno a la atmósfera. Con el calor del sol, además, mantenemos la temperatura en invierno», cuenta Jan Van der Blom, responsable del departamento de Agroecología de Aproa (Asociación de Organizaciones de Productores de Frutas y Hortalizas). Y son precisamente los plásticos que se utilizan en los invernaderos los que han puesto a estas explotaciones en el punto de mira. Tras años de investigación, los de las cubiertas están formados por diferentes capas con distintos aditivos para bloquear la luz ultravioleta que no quieren las plantas, dificultan la entrada de insectos, la proliferación de hongos y la condensaciones excesiva de agua e impiden que se escape el calor durante la noche. «Lo más importante ha sido conseguir una mayor durabilidad de los plásticos. Antes apenas duraban una campaña, hoy llegan a los tres años manteniendo unas propiedades mecánicas y ópticas adecuadas, como su transmisibilidad y el efecto antigoteo», señala Juan José Magán, responsable de Tecnología de Invernaderos de la Estación Experimental de la Fundación Cajamar. «No suponen un problema porque son residuos de calidad que se reciclan», añade. Cuando acaba su vida útil, son adquiridos por empresas que los reutilizan en contenedores de basura, mobiliario urbano, papeleras, bancos... Ese es el destino del 95% de los plásticos de cubierta que generan los invernaderos de Almería y Granada (32.000 toneladas al año), según la campaña europea «CuteSolar: cultivando el sabor de Europa en invernaderos solares», un programa para la promoción de estas explotaciones. Se sigue avanzando para obtener plásticos más duraderos, plásticos luminiscentes... Y plásticos biodegradables para usar sobre el suelo. «Los acolchados sobre el suelo, para evitar por ejemplo las malas hierbas, son muy finos, además se ensucian con la tierra y eso encarece su transporte y proceso de reciclaje. En este sentido, sí se trabaja en materiales biodegradables para que ese plástico del suelo se degrade tras su uso y no haya que retirarlo», explica Magán. En estas regiones donde el agua escasea, se hace un aprovechamiento de este recurso hasta la última gota. «Los sensores en el suelo para el control de humedad y conocer las necesidades hídricas de la planta están en pleno desarrollo. Permiten corregir el riego en cada momento desde un smartphone del agricultor y ahorrar hasta el 30% de agua», añade Jan Van der Blom. Además con la fertirrigación de alta tecnología se aporta agua y nutrientes que quedan perfectamente localizados en las raíces mejorando la velocidad de crecimiento y la calidad del cultivo. «Está muy tecnificado. Se dosifica el agua y los nutrientes que necesita la planta en cada instante», especifica el profesor Carreño. Esos sensores interconectados con los de control de clima del invernadero (sondas de temperatura, humedad, viento, radiación) permiten optimizar al máximo cada gota. Además las estructuras cuentan con canales de recogida de agua de la lluvia que después se usa para riego. Por eso, la huella hídrica de los invernaderos es hasta 20 veces inferior que la media de toda la agricultura nacional. También se avanza en el control biológico de plagas. Además de trampas cromáticas y de feromonas sexuales para eliminar insectos, se suelta fauna auxiliar (por ejemplo 30.000 millones de insectos y ácaros) que actúa como depredadores de las plagas, además favorecen la polinización. «Siempre hay que estar buscando soluciones, porque surgen nuevas plagas», comenta Magán. Ahora se trabaja en los entomohoteles: setos (con flora autóctona) alrededor de los invernaderos para albergar a esos insectos depredadores. «Se ha desarrollado una herramienta digital para diseñar los setos según las dimensiones del terreno, su ubicación...», añade Magán. Y así se sigue avanzando en innovación para los invernaderos del futuro que ya son el presente. En el sector no se descarta que en el futuro los invernaderos solares sean generadores de electricidad a partir de placas fotovoltaicas, tanto para autoconsumo como para verter a la red. En Canarias y Andalucía ya se piensa en ello. Se investigan placas traslúcidas que puedan dejar pasar la luz a los cultivos, que conserven las propiedades mecánicas necesarias y que puedan generar esa energía. Otra alternativa, como comenta el profesor Carreño, es instalar las placas fotovoltaicas actuales en el 10% de la superficie del invernadero. «Solo en Almería se podría producir tanta energía como la de una central térmica: unos 6.200 GW hora cada año», asegura. Biosabor es una empresa familiar fundada en 2008 que en 300 hectáreas de invernaderos, principalmente en Almería, cultiva productos ecológicos, sobre todo tomates (a la izquierda). Esta empresa cuenta con su propio departamento de I+D. Su responsable, José Antonio López, enumera algunas de las innnovaciones de las que disponen: «Tenemos sensores interiores y exteriores para adaptar la temperatura y la humedad. También estaciones climáticas. Utilizamos feromonas para combatir las plagas. Y el riego está digitalizado. Reciclamos todos los residuos».
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