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Las 'renovables' agrícolas plantan las semillas de...

27/09/2021
En: abc.es
Digital
Se considera la segunda Revolución Verde. La primera fue en la década de los sesenta cuando comenzaron a utilizarse nuevas aplicaciones como el uso de fertilizantes químicos, pesticidas y herbicidas para aumentar la productividad de los cultivos. Gracias a ello, hoy, sesenta años después, en efecto, se obtiene mayor rendimiento por cada hectárea cultivada, sin tener que aumentar la superficie agrícola. Sin embargo, se ha comprobado que a cambio se paga un alto coste medioambiental, especialmente en los países industrializados donde se abusa de los fertilizantes sintéticos. Ahora la biotecnología está permitiendo desarrollar una nueva generación de productos, como los bioestimulantes y biofertilizantes, más avanzados, más sostenibles y con iguales o mayores niveles de productividad. De momento, no serán los sustitutos de los fertilizantes tradicionales (donde España es el cuarto mercado en importancia de Europa con una venta de 5.125 toneladas en 2020), pero sí jugarán un papel importante para una agricultura más respetuosa con el medio ambiente, como es el deseo de Naciones Unidas. Y también de la UE. De hecho, entre los objetivos de la estrategia «Farm to Fork» («De la granja a la mesa») de la Comisión Europa figura reducir un 20% el uso de fertilizantes químicos en 2030 (y un 50% el de pesticidas). Con ello los suelos perderían un 50% de menos nutrientes. El proceso es el siguiente. Los fertilizantes convencionales son de origen mineral. Por tanto, «de extracción y finitos», concreta Victorino Martínez, director general de AEFA (Asociación Española de Fabricantes de Agronutrientes). Además, costoso de producir y requieren gran cantidad de energía. Y la planta aprovecha solo el 40% de los fertilizantes que se aplican al cultivo. Es decir, el resto se queda en el suelo. «Se transforman en fuentes de nitrógeno u otros contaminantes que se filtran a los acuíferos o son arrastrados por la lluvia a lagos, embalses...», explica Vicente Mariscal, investigador del Instituto de Bioquímica Vegetal y Fotosíntesis (IBVF). Los suelos se empobrecen, pierden nutrientes, se degradan... «Estos compuestos nitrogenados -añade- también alimentan microalgas, fitoplacton y causa la eutrofización (lo que ha ocurrido en el Mar Menor)». Y por otra parte, los microorganismos del suelo transforman esos fertilizantes generando gases como el óxido nitroso, un gas de efecto invernadero. Ante estas graves consecuencias medioambientales, se buscan productos alternativos más sostenibles manteniendo la misma productividad de los cultivos, e incluso incrementándola, pues no hay que olvidar que las previsiones estiman que en 2050 seremos más habitantes en el plantea: 9.700 millones de personas, y habrá que aumentar la producción agrícola un 70%. Por eso, es el momento para que entren en juego los biofertilizantes y bioestimulantes. Tienen funciones diferentes. «Los bioestimulantes son sustancias de origen vegetal o microbiano que estimulan el crecimiento de la planta, pero no la nutren», cuenta Mariscal. Causan efectos como mejorar el enraizamiento, mantener un estado hídrico adecuado, ayudan a absorber los nutrientes, o contribuyen a soportar el estrés abiótico (para que la planta pueda tolerar mejor un exceso de temperatura, o de luz o una sequía). Por otro lado, «los biofertilizantes son microorganismos que proporcionan nutrientes para que la planta crezca y se desarrolle (nitrógeno, fósforo, potasio...)», continú Mariscal. Ambos productos son de origen biológico y presentan muchas bondades: mejoran el rendimiento y la calidad de los cultivos, también la fertilidad del suelo evitando su degradación, precisan menos energía para su producción y no contaminan las aguas. Por tanto, no es de extrañar que tengan un futuro muy prometedor. Sin embargo, son tecnologías que se encuentran en diferentes momentos de desarrollo. Los bioestimulantes están más avanzados, existen desde hace varios años. «Hay un comercio internacional en continuo desarrollo», aseguran fuentes de Anfee (Asociación Nacional de Fabricantes de Fertilizantes). «Las empresas fabricantes de fertilizantes -dicen- los están incorporando en sus catálogos y llevan a cabo proyectos de I+D para desarrollar nuevos productos que se adapten mejor a las necesidades de nuestra agricultura. Según la Asociación Europea de la Industria de Bioestimulantes (EBIC), hay cerca de 200 fabricantes de bioestimulantes en Europa. Y se calcula que destinan entre el 3 y 10% a I+D». También hay empresas pequeñas y medianas, y actores locales en diferentes puntos del planeta. «El mercado está muy fragmentado», señala un informe de la consultora Research and Markets, que valora el negocio global de bioestimulantes en 2.247 millones de euros en 2020, y estima que alcanzará casi 4.300 millones en 2026. El estudio recoge que el mercado europeo es el más grande y de más rápido crecimiento (un 12,3% en 2020), floreciendo en Alemania, Italia, Reino Unido, España y Francia. Gracias en parte a las nuevas normas impulsadas desde Bruselas como el nuevo reglamento de fertilizantes que entrará en vigor el próximo año y que define, por primera vez, qué son los bioestimulantes y fija límites armonizados para una serie de contaminantes presentes en los fertilizantes minerales, por ejemplo, el cadmio. Ahora, los bioestimulantes se están utilizando junto a los fertilizantes tradicionales, sobre todo en cultivos de frutas y hortalizas. «Su uso combinado proporciona un efecto muy beneficioso para las plantas y es muy recomendable. Nunca podrán sustituir a los fertilizantes minerales», aseguran desde Anfee. Y también están los biofertilizantes, que proporcionan nutrientes a la planta y se obtienen a partir de microorganismos, todo un universo por descubrir. Hay miles y miles en nuestros suelos, muchos desconocidos. «La búsqueda de microorganismos está totalmente abierta», señala Mariscal. «Por ahora, hay pocos biofertilizantes pero se prevé que aumenten mucho comercialmente», apunta. «Son menos conocidos. Es una tecnología de vanguardia y en desarrollo -afirma Victorino Martínez-. Van a ser un complemento e irán ganando terreno con nuevas investigaciones tanto en cultivos intensivos como extensivos. España es un país diana para el desarrollo de este tipo de productos. Tenemos sedes de multinacionales, empresas y una gran diversidad de cultivos en nuestro país». Por ejemplo, está la turolense Fertinagro Biotech (del Grupo Tervalis) que lleva 15 años investigando y posee diferentes plantas a lo largo de nuestra geografía. Acaba de poner en marcha en Utrillas la mayor instalación de Europa para producir 60.000 toneladas al año de bioestimulantes y biofertilizantes, exclusivamente para el mercado agrícola. «Necesitamos nuevas herramientas y estos productos son las renovables de la agricultura. Los biofertilizantes están empezando, son un mercado pequeño y una tecnología muy avanzada», entiende Sergio Altares, director de desarrollo estratégico de Fertinagro Biotech. «En el mundo hay más de 5.000 tipos de suelo -explica- y adaptamos nuestras formulaciones a los diferentes suelos. Con ingeniería biológica extraemos el ADN de cada suelo, vemos qué microorganismos viven en él, quiénes se pueden adaptar mejor... para hacer más eficientes y sostenibles los cultivos». Desde Murcia, la biotecnológica Symborg comercializa sus bioestimulantes y biofertilizantes en 50 países. «Tenemos una colección de 10.000 cepas de microorganismos diferentes. Hacemos prospecciones en diferentes ambientes extremos: desiertos, terrenos no cultivables, extrema salinidad... Buscamos los que pueden tener mayor relevancia para la agricultura. Hasta ahora los fertilizantes tradicionales han jugado un papel imprescindible, pero no podemos seguir con ello. Hoy tenemos la tecnología para reducir el impacto ambiental con productos más sostenibles y eficientes. Y en esta biotecnología agrícola, España es puntera», cuenta Francisco Javier García, Chief Marketing Officer de Symborg. Además, apunta que estos nuevos productos tienen su relevancia en momentos como los actuales, cuando esta semana varios fabricantes europeos de fertilizantes tradicionales han cerrado plantas por los altos costos del gas natural, su principal materia prima. Desde luego, hay muchas ventajas para impulsar el desarrollo de estos nuevos productos. Vicente Mariscal lidera un grupo de investigación del Instituto de Bioquímica Vegetal y Fotosíntesis que ensaya un biofertilizante para los cultivos de arroz y algodón del bajo Guadalquivir (una zona dañada por la contaminación de nitratos) a partir de cianobacterias. En el proyecto participa Agroquivir, una sociedad cooperativa de mil agricultores andaluces. «No somos una gran empresa para gastar millones de euros, pero con nuestras aportaciones, el ensayo en nuestros cultivos, y la ayuda de investigadores podemos lograr un biofertilizante que sustituirá el 50% del nitrógeno que aportamos», señala el director de Producción de Agroquivir, Antonio Sánchez.
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