La crisis hídrica que atraviesa buena parte de Europa amenaza con convertirse en un nuevo foco de presión sobre los precios de los alimentos. Después de un verano marcado por temperaturas extraordinariamente elevadas y precipitaciones insuficientes, agricultores y ganaderos afrontan una campaña complicada que podría terminar repercutiendo en los consumidores. El problema no se limita a la pérdida de determinadas cosechas. La combinación de menor disponibilidad de agua, descenso de la producción, encarecimiento del riego y dificultades para alimentar al ganado está elevando los costes en distintos eslabones de la cadena alimentaria. Los productos frescos son, previsiblemente, los primeros que podrían notar las consecuencias. Frutas y hortalizas dependen especialmente de unas condiciones de cultivo adecuadas y, en las zonas más afectadas, la falta de agua ya está comprometiendo los rendimientos. El efecto sobre los precios podría hacerse visible antes que en otros alimentos cuyo proceso de producción y comercialización es más largo. Menos cereal y más presión sobre la alimentación animal La situación también afecta a los cereales, fundamentales tanto para la alimentación humana como para la fabricación de piensos. En Alemania, uno de los principales productores agrícolas europeos, las previsiones apuntan a una cosecha de cereal inferior a la habitual, mientras algunas áreas del sur del país afrontan pérdidas especialmente graves. Una menor producción de cereal tiene además un efecto indirecto sobre la ganadería. Si escasean los pastos y el forraje, los ganaderos tienen que recurrir en mayor medida a alimentos comprados, incrementando sus costes. Esta situación puede terminar afectando a productos como la leche, los huevos y otros alimentos de origen animal. En el Reino Unido se está produciendo una situación similar, con dificultades para mantener una alimentación suficiente para el ganado debido al deterioro de los pastos y la escasez de forraje. El calor también está afectando a la producción avícola. Italia y Alemania muestran la dimensión del problema Uno de los ejemplos más llamativos se encuentra en Italia. La reducción de los caudales del Po, uno de los grandes ejes hídricos y agrícolas del país, está complicando el suministro de agua para los cultivos del norte. La agricultura italiana acumula ya importantes pérdidas por la combinación de sequía, calor extremo, granizo e incendios. El descenso del nivel del Po genera además un problema añadido: la entrada de agua salada desde el Adriático puede avanzar río arriba cuando el caudal es demasiado bajo, comprometiendo determinados sistemas de riego y cultivos. En Alemania, las restricciones de agua y la escasez de reservas también están afectando a agricultores y ganaderos. En algunas zonas del sur se han registrado problemas de abastecimiento y se han aplicado limitaciones al uso del agua para determinadas actividades. El supermercado podría notar el golpe en otoño La traslación de una crisis agrícola a los precios finales no es inmediata. Depende de las reservas disponibles, las importaciones, los costes de transporte y energía y la capacidad de los distribuidores para absorber parte del incremento. Sin embargo, las previsiones económicas apuntan a un escenario de mayor presión durante la segunda mitad del año. Una estimación difundida recientemente sitúa en torno al 11,8 % el posible incremento de los precios mundiales de los alimentos durante 2026, con especial incidencia en categorías como cereales, frutas, verduras y productos lácteos. Esto no significa que todos esos productos vayan a subir en la misma proporción ni que el aumento vaya a trasladarse automáticamente al consumidor europeo. La evolución dependerá también de la producción de otros países y del comportamiento de los mercados internacionales. De hecho, en el Estado Español existen actualmente diferencias importantes según el producto y la zona. Algunos alimentos frescos y de temporada han registrado descensos de precio en determinadas regiones gracias al avance de las campañas de recogida, lo que demuestra que la evolución de los precios no depende exclusivamente de la situación climática europea. Una amenaza que va más allá de la próxima factura El episodio de este verano vuelve a poner sobre la mesa la vulnerabilidad de la agricultura europea ante los fenómenos meteorológicos extremos. Una sequía prolongada no solo reduce una cosecha concreta: también puede deteriorar los recursos hídricos, encarecer el riego, reducir la disponibilidad de forraje y alterar las decisiones de siembra de las siguientes campañas. El resultado es una cadena de efectos que comienza en el campo y puede terminar en la cesta de la compra. Para los consumidores, el impacto podría traducirse en una mayor volatilidad de los precios durante los próximos meses. Para el sector agrícola, el desafío es todavía mayor: producir en un escenario en el que el agua es cada vez más escasa y en el que episodios de calor extremo pueden comprometer simultáneamente los rendimientos y los costes de producción. Compartir