La economía global se enfrenta a un doble frente de incertidumbre que eleva el riesgo de una nueva espiral inflacionista en la segunda mitad de 2026. Por un lado, la renovada tensión diplomática y militar entre la administración de Donald Trump en Estados Unidos y el gobierno de Irán ha provocado una notable volatilidad en los mercados energéticos. Por otro, la consolidación de un fenómeno de El Niño de fuerte intensidad amenaza con perturbar las cosechas en regiones clave, presionando al alza los precios de las materias primas agrícolas. Ambos factores, aunque de naturaleza distinta, convergen en un punto crítico: el encarecimiento de los costes de producción y la energía a nivel mundial. El primer barómetro de este impacto se observa en India , una de las grandes economías emergentes más expuestas a estas variables. Como importador neto de crudo y con una economía fuertemente dependiente del sector agrícola, el país asiático ya registra proyecciones de inflación al alza, según análisis de agencias como Bloomberg . La situación de India actúa como un indicador adelantado de las presiones que pueden sufrir otras economías con dependencias estructurales similares. Repercusiones directas en la economía española Aunque el epicentro inicial de la crisis se perciba en Asia , los efectos para Europa , y concretamente para España , son directos e ineludibles. La crisis en Oriente Medio impacta directamente en el precio del barril de Brent, referencia para el mercado europeo. Un incremento sostenido de la tensión en el Estrecho de Ormuz , paso vital para una parte significativa del suministro global de petróleo y gas natural licuado (GNL), se traduciría de forma casi inmediata en un aumento de los costes energéticos para la industria y los consumidores españoles. Esta dependencia del exterior convierte a la economía española en especialmente vulnerable a shocks geopolíticos en la región. Más allá del coste de la energía, el impacto se extiende a toda la cadena logística. El transporte marítimo, fundamental para las exportaciones e importaciones españolas, enfrenta un doble desafío. Por una parte, el encarecimiento del combustible naval derivado de la subida del crudo. Por otra, un posible aumento de las primas de los seguros para los buques que transitan por zonas consideradas de alto riesgo, lo que encarece los fletes. Empresas de sectores tan diversos como el textil, la automoción o la alimentación, que dependen de componentes y materias primas de Asia , verían mermados sus márgenes o se verían forzadas a trasladar estos sobrecostes al consumidor final, alimentando la inflación doméstica. En el plano agroalimentario, los efectos de El Niño, aunque geográficamente lejanos, se globalizan a través de los mercados de futuros. La disrupción de las cosechas en el Sudeste Asiático o América Latina puede generar escasez y volatilidad en los precios de materias primas clave como cereales, aceites vegetales o café. Para la industria alimentaria española, esto supone un encarecimiento de los insumos, afectando particularmente al sector ganadero por el coste de los piensos. Si bien podría abrir ventanas de oportunidad para ciertos productos de exportación españoles si la oferta de países competidores se ve reducida, el balance general apunta a una mayor presión sobre los costes de producción. En este complejo escenario, las empresas españolas con operaciones internacionales se ven obligadas a reevaluar sus estrategias de aprovisionamiento y gestión de riesgos. La confluencia de una crisis geopolítica y un fenómeno climático adverso crea un entorno macroeconómico que exigirá una monitorización constante y que pone a prueba la resiliencia de las cadenas de valor globales, un desafío que el Banco Central Europeo observará de cerca por sus implicaciones para la política monetaria en la eurozona.