La degradación de la tierra cuesta 878.000 millones al año

27/08/2026
En: diarioresponsable.com
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La degradación de los suelos no constituye únicamente un problema ambiental. Sus consecuencias alcanzan a la producción de alimentos, los ingresos de agricultores y pastores, el empleo y las cuentas públicas de los países, especialmente cuando los gobiernos deben destinar cada vez más recursos a afrontar sequías y otras crisis. Esta dimensión económica ha ocupado parte del debate de la COP17 de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD), que se celebra en Ulán Bator, Mongolia. Allí, la vicesecretaria general de Naciones Unidas, Amina Mohammed, reclamó que la salud de la tierra deje de abordarse como una cuestión exclusivamente ambiental y pase a ocupar un lugar central en las decisiones económicas. Las cifras expuestas durante un encuentro de alto nivel sobre financiación muestran la magnitud de la brecha. Según señaló Mohammed, al ritmo actual la inversión se situaría en torno a los 77.000 millones de dólares anuales, frente a los 355.000 millones que se necesitan. La diferencia resulta especialmente significativa si se compara con el coste de no intervenir: al menos 878.000 millones de dólares cada año. Frente a esta pérdida, la restauración de tierras podría aportar unos 1,8 billones de dólares en beneficios anuales, con un retorno estimado de entre siete y 30 dólares por cada dólar destinado a estas actuaciones. De los planes nacionales a la financiación Parte del camino ya está trazado. Más de 70 países han elaborado planes nacionales contra la sequía con el apoyo de la UNCCD, mientras otros han puesto a prueba medidas dirigidas a regenerar suelos, proteger los pastizales y mejorar la gestión del agua. El reto ahora es conseguir que esas experiencias dejen de ser intervenciones aisladas y puedan convertirse en programas de restauración a gran escala. Para Naciones Unidas, no resulta suficiente que los países definan sus prioridades si posteriormente carecen de los medios económicos para ponerlas en marcha. "No se les debería pedir que elaboren planes nacionales para después dejarlos buscando los medios para ejecutarlos", sostuvo Mohammed, quien defendió que la financiación debe estar disponible para las prioridades establecidas por los propios Estados. La vicesecretaria general también pidió integrar la salud de la tierra y la resiliencia ante la sequía en los presupuestos públicos, los planes de inversión y las estrategias nacionales de desarrollo. Entre las medidas planteadas figura además revisar aquellos subsidios que favorecen prácticas agrícolas insostenibles o un uso ineficiente del agua, así como emplear financiación pública y garantías para reducir riesgos y movilizar capital privado. El planteamiento parte de una idea central: los recursos naturales también sostienen la actividad económica. "Una tierra sana no es un lujo ambiental. Es capital productivo", afirmó Mohammed. "El suelo es infraestructura. Las cuencas hidrográficas son infraestructura. Los pastizales son activos productivos". La urgencia aumenta ante la extensión del deterioro. Hasta el 40% de las tierras del planeta están degradadas y, desde el año 2000, las sequías han aumentado un 29% tanto en frecuencia como en duración. De mantenerse esta tendencia, hasta tres de cada cuatro personas podrían verse afectadas por las sequías en 2050. La Gran Muralla Verde amplía su alcance África ofrece uno de los principales ejemplos de restauración a gran escala. La Gran Muralla Verde nació con el objetivo de levantar una extensa franja verde a través del Sahel, pero con el tiempo se ha convertido en una estrategia más amplia, orientada no solo a recuperar tierras degradadas, sino también a favorecer la producción de alimentos, generar ingresos y crear empleo para las comunidades. Más de 20 millones de hectáreas han sido restauradas a través de actuaciones vinculadas con esta iniciativa y de otros esfuerzos que han superado los límites de su corredor original. En Níger, los propios agricultores han conseguido regenerar cinco millones de hectáreas. La dimensión social y económica de estas actuaciones resulta particularmente relevante en el Sahel y la cuenca del lago Chad, territorios donde la degradación y las sequías confluyen con el conflicto, la inseguridad y la escasez de oportunidades. "Restaurar la tierra no pondrá fin a los conflictos. Pero puede ayudar a recuperar los medios de vida y las oportunidades que dan a las personas un interés en la paz", señaló la vicesecretaria general de la ONU. Restaurar también exige garantizar derechos La recuperación de los ecosistemas abre, además, un debate sobre quién decide y quién se beneficia de las inversiones. Agricultores, pastores y comunidades poseen conocimientos acumulados durante generaciones sobre las tierras que gestionan, pero no siempre cuentan con derechos seguros sobre ellas ni participan en las decisiones que afectan a esos territorios. "No podemos pedir a las personas que restauren la tierra mientras les negamos derechos significativos sobre ella", advirtió Mohammed. La desigualdad afecta especialmente a las mujeres. En el 86% de los países que presentan información a Naciones Unidas sobre tenencia de tierras, la proporción de mujeres con derechos seguros sobre las tierras agrícolas es inferior a la de los hombres. Durante su intervención, Mohammed destacó el caso de una cooperativa de mujeres encabezada por Florence Banou en Bandiagara, Mali. El grupo consiguió recuperar terrenos degradados e incrementar la producción local de alimentos. Tras los resultados obtenidos, el municipio le concedió cuatro acres de tierra para ampliar su actividad. Para que estas experiencias puedan consolidarse, Naciones Unidas sostiene que los derechos sobre la tierra deben acompañarse de financiación, formación, tecnología y acceso a los mercados. De este modo, las mujeres no solo participarían en las tareas de restauración, sino que también podrían beneficiarse del valor económico generado. El desafío, por tanto, va más allá de recuperar hectáreas degradadas. Implica reconocer el suelo, el agua y los pastizales como pilares de las economías y, al mismo tiempo, garantizar que las comunidades que dependen directamente de estos recursos tengan capacidad para decidir sobre ellos y construir sus propios medios de vida. Como resumió Mohammed durante la COP17, una tierra sana ofrece algo esencial: "la posibilidad de construir un futuro allí donde ya pertenecen y pueden prosperar".
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