El campo navarro frente al espejo de Mercosur: ¿progreso o desmantelamiento?

04/02/2026
En: diariodenavarra.es
Digital
Para la nueva generación de agricultores y ganaderos navarros, desde los pastos del Pirineo hasta las huertas de la Ribera, el tratado UE-Mercosur no es una oportunidad, sino una "trampa de competitividad" Mientras los despachos de la industria navarra respiran con alivio ante un acuerdo que promete impulsar las exportaciones de automoción y bienes de equipo -con una balanza comercial que ya arroja un superávit de 112 millones de euros hacia el bloque sudamericano-, en el campo de la Comunidad Foral el sentimiento es de abandono. Para la nueva generación de agricultores y ganaderos navarros, desde los pastos del Pirineo hasta las huertas de la Ribera, el tratado UE-Mercosur no es una oportunidad, sino una "trampa de competitividad". En un contexto de costes disparados y exigencias climáticas estrictas, la entrada de productos sin reciprocidad normativa amenaza con dinamitar el relevo generacional. Para entender el optimismo que recorre los polígonos industriales de Landaben o la Comarca de Pamplona, basta con mirar la cuenta de resultados de la balanza comercial regional. Para el sector de la automoción, Mercosur no es una amenaza, sino un feudo por consolidar. La eliminación de los pesados aranceles -que en algunos países del bloque llegan a ser prohibitivos para la maquinaria- actúa como un balón de oxígeno para la competitividad foral. El acceso preferente a un mercado de más de 260 millones de consumidores permite planificar inversiones a largo plazo, asegurando que el conocimiento manufacturado en Navarra siga siendo el motor que tracciona el PIB, consolidando empleos que dependen de la fluidez de estas rutas transatlánticas. Sin embargo, a pocos kilómetros de las cadenas de montaje, el escenario es radicalmente opuesto. El nudo del conflicto reside en la ausencia de las llamadas "cláusulas espejo". Mientras el agricultor navarro navega entre la burocracia del cuaderno de campo digital y las restricciones de fitosanitarios de la Unión Europea, el producto que cruza el Atlántico lo hace bajo reglas de juego diametralmente opuestas. En Navarra, el uso de químicos está rígidamente fiscalizado en favor de la sostenibilidad; no obstante, el acuerdo permite la entrada de alimentos tratados con sustancias prohibidas en suelo europeo. A esta asimetría regulatoria se suma una crisis de costes asfixiante. Con el diésel, la energía y los fertilizantes en precios récord dentro de la eurozona, el profesional del campo se ve forzado a competir contra potencias agroindustriales que operan con mano de obra barata y una "burocracia verde" casi inexistente. Para las organizaciones agrarias, no se trata de miedo a la competencia, sino de una denuncia contra el dumping normativo. ¿Quién se quedará a trabajar la tierra en Navarra si Europa les exige estándares de primer mundo pero les obliga a competir con precios de tercer mundo? Esta asfixia económica tiene un efecto colateral devastador: el fin del relevo generacional. La vocación no es inmune a la precariedad. Al desincentivar la continuidad en el campo, el tratado no solo exporta empleos, sino que erosiona la soberanía alimentaria de la región. Resulta una ironía sangrienta que, en nombre del progreso, Europa acepte depender de terceros países para algo tan básico como la alimentación, priorizando la exportación de bienes de equipo. Estamos ante un modelo que intercambia despensas locales por concesiones industriales, dejando el paisaje navarro a merced del abandono. Desde el tablero geopolítico, la presión de Bruselas por cerrar el acuerdo es máxima para no perder influencia frente a potencias como China. España, y por extensión el Gobierno de Navarra debido a su perfil exportador, han mantenido tradicionalmente una postura defensora del tratado, confiando en que los fondos de compensación amortigüen el golpe al sector agrario. Pero para el productor local, estas ayudas son parches temporales que no corrigen el problema estructural: la falta de una competencia leal que reconozca el valor real de producir bajo el modelo social europeo. En última instancia, este debate trasciende las cifras aduaneras; es una cuestión de identidad regional. No se trata de negar la importancia de una industria que genera riqueza tecnológica, sino de cuestionar si ese progreso debe cimentarse necesariamente sobre el sacrificio del mundo rural. Una Navarra próspera no debería verse obligada a elegir entre sus fábricas de vanguardia y sus campos milenarios. Si el mercado global continúa ignorando el valor estratégico de la cohesión territorial, el paisaje de la Comunidad Foral cambiará de forma irreversible. El riesgo es convertir nuestro entorno en un desierto demográfico donde solo sobrevivan las máquinas, mientras la comida llega en los mismos barcos que se llevan nuestros coches. El futuro de nuestro medio rural se juega hoy en una balanza donde el peso de los coches parece valer más que el de nuestras despensas. Porque, al final del día, ninguna sociedad puede prosperar de espaldas a su tierra; el desarrollo que no protege a quienes nos alimentan no es progreso, es, sencillamente, una claudicación.
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